¡Cuando no están, es cuando más quiero que estén!
Todos tenemos un amor, una hermana, un abuelo, un padre, una hija, un amigo, que extrañamos y por los que daríamos cualquier cosa por volver a verlos…
¿Qué será que algunos humanos no valoran y disfrutan lo suficiente cuando algo está ahí? Pero ¿sabes? Conozco muchas personas que sí lo hacen, y sólo extrañan porque aman con el alma.
Cuando mi padre murió, lloré como cualquier persona normal, pero en el momento en que el cajón bajó a la tierra, le tiré una flor y le dije: plántala Manuel, como plantaste tantas flores en mi vida, y comencé a reír mucho, en contraposición de tantas otras personas que estaban allí.
Lo cierto es que lo abracé infinitas veces, le dije que lo amaba y que le agradecía todo lo que había hecho por mí; me fui a Portugal con él a ver a sus hermanos y toda su familia; tomé unas cuantas sidras bajo la parra del patio; fui a pescar, aunque no me guste hacerlo, a la playa, a juntar leña, a sembrar la huerta; le corté el pelo y la barba durante años y sobre todo lo miré a los ojos siempre.
Aun así, habiéndolo disfrutado tanto, muchas veces lo extraño y tengo ganas de abrazarlo como antes. Seguramente al leer éste relato sientas empatía o tal vez dolor por no haber hecho algo similar.
La vida comienza cada día al despertarnos, o sea hoy ha vuelto a comenzar para vos y para mí.
Te propongo que empieces a hacerlo, que no pierdas más ni un segundo de tu vida, y como siempre te digo, recuerda que el tiempo es lo único valioso; si lo aprovechas, verás que sólo extrañas porque amas, no porque te lo perdiste.
